Reflexiones para tí.

Ana

Llegando en ese mismo momento, Ana dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Lucas 2:38.

Ana tenía ochenta y cuatro años y se la pasaba en el Templo, adorando, ayunando y orando. Y nosotros nos quejamos porque el sermón es un poco largo.

Ana podía elegir, al igual que tú, qué hacer con su vida. Después de apenas siete años de matrimonio, en plena juventud, quedó viuda. Si hoy eso es un golpe tremendo, imagina la situación de Ana en la cultura de aquella época.

Tenía la situación perfecta para llorar amargamente durante todos los días de su existencia, que podía imaginar horrible, sin sentido, solitaria…

En lugar de sentarse en un rincón de la vida y quejarse por su mala suerte, ella eligió dedicarse a Dios. ¿De qué le sirvió? Fue la primera mujer que predicó sobre Cristo como Salvador en el pueblo de Israel. Fue la primera misionera cristiana. ¿Te parece poco? Un detalle más: según el relato bíblico, fue la primera mujer –extraña a la familia– que tuvo en sus brazos a Jesús.

Quizá no te parezca mucho. Si es así, sería bueno que pensaras qué significa Cristo para ti; porque la vida eterna tiene pleno sentido si entiendes que será vivir para siempre con Jesús.

Recuerda que la propuesta de Dios para la nueva Jerusalén es que tu vida gire cada segundo en torno a Cristo. ¿Estás preparado para eso? Tu vida ¿gana brillo cuando piensas en esa experiencia? ¿Se alegra tu corazón al imaginar esa situación?

Para aquella anciana de ochenta y cuatro años, tener en aquel instante en sus brazos (aunque sea por pocos minutos) al Mesías prometido le daba sentido a toda su vida.

¿Qué es lo que da sentido a tu vida? ¿Qué es lo que esperas con el mayor de tus anhelos? ¿Qué es lo que piensas que le dará más color a tu existencia: un(a) novio(a), un título académico, mucho dinero en tu cuenta bancaria?

La vida de Ana te demuestra que la mejor opción continúa siendo esperar a Jesús.

Tomado de: Lecturas devocionales para Jóvenes 2014
“365 Vidas”
Por: Milton Betancor






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